Raiden en México, 4° Aniversario drumandbass.com.mx

Aquí podrán encontrarme. Espero poder hacer lo mismo.
[Pronto nuevas actualizaciones al blog]





RAIDEN
EL CREADOR DEL TECHNOID ( TECHNO-DNB ) EN MÉXICO
Christopher Jarman alias Raiden es dj y productor originario de Londres, Inglaterra. Bajo la fuerte influencia del Techno más insistente y cambiante, pero mucho más roto, Raiden propuso al mundo una nueva estética y ritmo marcado por el híbrido entre el Techno y Drum & Bass, que inevitablemente derivó en la creación de un sonido feroz, que como imán atrajo los elementos más oscuros del funk, volviendo a este nuevo sonido una marca registrada.
Su llegada a la escena en el 2002 fue el Resultado de haber conocido y trabajado a lado de Dj Friction y Nu Balance en los Airlight Studios dónde empezó a producir temas para su propio sello Transparent recordings.
Bajo el legendario sello Renegade Hardware, Raiden produjo lo que inmediatamente se convirtió en un clásico: «Fallin», que fue elegido entre los 20 primeros mejores temas del año por la revista musical Muzik Magazine. Un amplio arsenal de tracks han seguido acreditando a Raiden como uno de los productores más respetados de la escena actual. Después de un tiempo Raiden inicia su propio sello llamado OFFKEY RECORDS, con el fin de separarse de las masas Raiden publicó su manifiesto // Techno cerebro , Drum & Bass cuerpo // cuyo objetivo principal es el de acortar el hueco entre el Techno y el Drum & Bass. Con el sello puesto en marcha junta a un grupo de productores de la misma línea como: PANACEA, LIMEWAX, PROKET, THE SECT, PROPAGANDA, TEMPER D, LETHAL, KHANAGE Y COOH.
Raiden ha remixeado artistas como: APHEX TWIN, ADAM FREELAND, JEFF MILLS, NITZER EBB por mencionar algunos. Raiden es pionero, creador de un estilo nuevo y único. Es considerado un gigante del Drum & Bass y
talentoso en el terreno musical.

DEE JAYS // REDEKER, THARK, MICROPUNK, PAYA, TUNNEL B2B SIDDARTHA & MC MEGA ZIMZE

VEE JAYS // XNOGRAFIKZ, COPYCAT,CHANA, DESOLLADO, JUBE // + CYBERPROYECCIONES A CARGO DE PANICO DE MASAS

PREVENTA $100 PESOS INCLUYE 1 CD MIX DE RAIDEN
DÍA DEL EVENTO $120 PESOS

PUNTO DE PREVENTA:
BORDER / ZACATECAS #43 COL ROMA SUR TEL.5584-7557
FAMOUS STARS / JOSE MA. IZAZAGA #46 COL CENTRO TEL. 5521-2254

LUGAR: PITBULL BAR
BOLÍVAR #285 ENTRE M. FLORES Y M.NÁJERA DEL CUAUHTÉMOC
A UNAS CUADRAS DE METRO SAN ANTONIO ABAD Y METRO OBRERA MÉXICO D.F.

INICIA A LAS 9:00 PM
ID + 18 OBLIGATORIA
CERVEZA $15PESOS

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Presentaciones "Palabrasmalditas - Antología de cuentos"


Siameses*

Me llamo Tim y odio a Jim, mi hermano gemelo y algo más
Ya que nacimos unidos por una membrana flexible
que otorga libertad de movimiento, hasta cierto punto.
Imposible cortarla pues la escisión
acabaría de golpe con nuestras vidas.

Tenemos dos cabezas muy diferentes:

Jim es glotón y sólo come cadáveres
Yo soy vegetariano, estoico, acético.
Mi rival vive esclavo de la lujuria
y cuánto me repugnan sus contorsiones en mujeres de paga
mientras yo, en vano, hojeo una revista
o finjo distancia mirando en la pantalla videos idiotas.

Yo simpatizo con el pueblo doliente,
mi ideal es anarquista y odio el poder.
Jim ama el capital, gana millones
pues tiene genio para invertir en la bolsa.
Él duerme como un niño, yo soy insomne.
Leo todo el tiempo y Jim detesta los libros.
Me gusta hablar, mi hermano es silencioso.
Aborrezco la casa, él es experto en venados.

Nos hace millonarios nuestra danza grotesca,
los diálogos obscenos que improvisamos,
y los feroces juegos con espadas.
Dice la gente “¡es el acorde perfecto!”,
“¡nunca se han visto hermanos tan idénticos!”
Alguien se ha imaginado nuestra guerra interior,
la lucha interminable que libramos a solas.

Ninguno de nosotros sabrá nunca
qué significa la expresión “a solas”.

No podemos creer que existan seres por separado.
Los consideramos triste mitad de un todo inexistente.
Mellizos de un fantasma o espectrales siameses
que alojan en un cuerpo la dualidad, la enemiga
contradicción de opuestos para siempre enfrentados.

¡Cómo anhelo vivir sin este monstruo que me duplica y estorba!

Y no obstante de noche, conversamos
en nuestra propia lengua inventada
nadie será capaz de descifrar la clave imposible.
En presencia de extraños
no se usa nunca,
la llamamos “desesperanto”;
arde en lumbre de rabia
y odio hacia ustedes.

Si puedo hablar ahora
es porque Jim duerme
su borrachera como puerco en zahúrda.

Despertará en un minuto y entonces
volveremos a la pugna incesante.

Oigan lo que les digo:
de verdad, la convivencia es imposible.

*José Emilio Pacheco

Bocas del tiempo [selección]*

El sol

En algún lugar de Pennsylvania, Anne Merak trabaja como ayudante del sol.
Ella está en el oficio desde que tiene memoria. Al fin de cada noche, Anne alza sus brazos y empuja al sol, para que irrumpa en el cielo; y al fin de cada día, bajando los brazos, acuesta al sol en el horizonte.
Era muy chiquita cuando empezó esta tarea, y jamás ha faltado a su trabajo.
Hace medio siglo, la declararon loca. Desde entonces, Anne ha pasado por varios manicomios, ha sido tratada por numerosos psiquiatras y ha engullido muchísimas pas­tillas.
Nunca consiguieron curarla. Menos mal.

Leo

Ricardo Marchini sintió que la hora de la verdad era lle­gada.
-Vamos, Leo -dijo-. Tenemos que hablar.
Y se marcharon, calle arriba, los dos. Anduvieron un buen rato por el barrio de Saavedra, dando vueltas, en si­lencio. Leonardo se atrasaba mucho, como tenía costum­bre; y después apuraba el paso para alcanzar a Ricardo, que caminaba con las manos en los bolsillos y el ceño fruncido.
Al llegar a la plaza, Ricardo se sentó. Tragó saliva. Apre­tó la cara de Leonardo entre las manos y, mirándolo a los ojos, largó el chorro:
-Mira Leo perdona que te lo diga pero vos no sos hijo de papá y mamá y es mejor que lo sepas Leo que a vos te recogieron de la calle.
Suspiró hondo.
-Tenía que decírtelo, Leo.
Leonardo había sido encontrado en la basura, cuando estaba recién nacido, pero Ricardo prefirió ahorrarle esos detalles.
Entonces, regresaron a casa. Ricardo iba silbando.
Leonardo se detenía al pie de sus árboles preferidos, saludaba a los vecinos meneando el rabo y ladraba a la sombra fugitiva de algún gato.
Los vecinos lo querían porque él era marrón y blanco, como el Platense, el club de fútbol del barrio, que casi nun­ca ganaba.

Pepa

Pepa Lumpen estaba muy averiada por los años. Ya no ladraba; y se caía al caminar. El gato Martinho se acercó y le lamió la cara. Pepa siempre lo ponía en su lugar, gruñen­do y mostrándole los dientes; pero ese último día se dejó besar.
Callada quedó la casa, vacía de ella.
En las noches siguientes, Helena soñó que cocinaba en una olla que tenía el fondo roto, y también soñó que Pepa la llamaba por teléfono, furiosa porque la teníamos bajo tierra.

Cursos prácticos

Joaquín de Souza está aprendiendo a leer, y practica con los carteles que ve. Y cree que la P es la letra más im­portante del alfabeto, porque todo empieza con ella:
Prohibido pasar
Prohibido entrar con perros
Prohibido arrojar basura
Prohibido fumar
Prohibido escupir
Prohibido estacionar
Prohibido fijar carteles
Prohibido encender fuego
Prohibido hacer ruido
Prohibido...

La buena salud

En alguna parada, un enjambre de muchachos invadió el ómnibus.
Venían cargados de libros y cuadernos y chirimbolos varios; y no paraban de hablar ni de reír. Hablaban todos a la vez a los gritos, empujándose, zarandeándose, y se reían de todo y de nada.
Un señor increpó a Andrés Bralich, que era uno de los más estrepitosos:
-Qué te pasa, nene? ¿Tenés la enfermedad de la risa?
A simple vista se podía comprobar que todos los pasajeros de aquel ómnibus habían sido, ya, sometidos a tratamiento, y estaban competamente curados.

El maestro

Los alumnos de sexto grado, en una escuela de Montevideo, habían organizado un concurso de novelas.
Todos participaron.
Los jurados éramos tres. El maestro Oscar, puños raídos, sueldo de fakir, más una alumna, representante de los autores, y yo.
En la ceremonia de premiación, se prohibió la entrada de los padres y demás adultos. Los jurados dimos lectura al acta, que destacaba los méritos de cada uno de los trabajos. El concurso fue ganado por todos, y para cada premiado hubo una ovación, una lluvia de serpentinas y una medallita donada por el joyero del barrio.
Después, el maestro Oscar me dijo:
-nos sentimos tan unidos, que me dan ganas de dejarlos a todos repetidores.
Y una de las alumnas, que había venido a la capital desde un pueblo perdido en el campo, se quedó charlando conmigo. Me dijo que ella, antes, no hablaba ni una palabra, y riendo me explicó que el problema era que ahora no se podía callar. Y me dijo que quería al maestro, lo quería muuuucho, porque él le había enseñado a perder el miedo de equivocarse.

Parientes

En 1992, mientras se celebraban los cinco siglos de algo así como la salvación de las Américas, un sacerdote católico llegó a una comunidad metida en las hondonadas del sureste mexicano.
Antes de la misa, fue la confesión. En lengua tojolobal, los indios contaron sus pecados. Carlos Lenkersdorf hizo lo que pudo traduciendo las confesiones, una tras otra, aunque él bien sabía que es imposible traducir esos miste­rios:
-Dice que ha abandonado al maíz -tradujo Carlos-. Dice que muy triste está la milpa. Muchos días sin ir.
-Dice que ha maltratado al fuego. Ha aporreado la lum­bre, porque no ardía bien.
-Dice que ha profanado el sendero, que lo anduvo ma­cheteando sin razón.
-Dice que ha lastimado al buey.
-Dice que ha volteado un árbol y no le ha dicho por qué.
El sacerdote no supo qué hacer con esos pecados, que no figuran en el catálogo de Moisés.

La comida

La tía de Nicolasa le había enseñado a caminar y a co­cinar.
Al pie del fogón, la tía le había revelado los secretos de los manjares que, por herencia o invención, nacían de su mano. Así Nicolasa creció descubriendo los antiguos mis­terios de la mesa mexicana, y también aprendió a celebrar asombrosos matrimonios entre sabores y picores que nun­ca antes habían tenido el gusto de conocerse.
Al tiempito de morir la tía, llegaron quejas del campo­santo. Los difuntos no podían dormir, por el ruido que me­tía su sepultura. Ella no iba a descansar en paz, hasta que no se cocinaran sus recetas.
Nicolasa no tuvo más remedio que fundar una cantina. Allí ofrece comidas que mucho deleite darían a los dioses, si ellos no tuvieran la desgracia de vivir tan lejos.

Gente curiosa

Soledad, de cinco años, hija de Juanita Fernández: -¿Por qué los perros no comen postre?
Vera, de seis años, hija de Elsa Villagra:
-¿Dónde duerme la noche? ¿Duerme aquí, abajo de la cama?
Luis, de siete años, hijo de Francisca Bermúdez:
-¿Se enojará Dios, si no creo en él? Yo no sé cómo de­círselo.
Marcos, de nueve años, hijo de Silvia Awad:
-Sí Dios se hizo solo, ¿cómo pudo hacerse la espalda?
Carlitos, de cuarenta años, hijo de María Scaglione:
-Mamá, ¿a qué edad me sacaste la teta? Mi psicóloga quiere saber.

*Eduardo Galeano, selección breve de su libro "Bocas del tiempo"

Pájaro*

En el aire
hay un pájaro
muerto;
quién sabe
adónde iba
ni de dónde ha venido.
¿Qué bosques traía,
qué músicas deja,
qué dolores
envuelven
su cuerpo?
¿En cuál memoria
quedará
como diamante,
como pequeña hoja
de una selva
desconocida?
Pero en el aire
hay un patio
y una pradera,
hay una torre
y una ventana
que no quieren morir
y están prendidos
de su cola
larga de norte a sur.
En el aire
hay un pájaro muerto.
No sabrá de la tierra
ni de esta mancha
que todos llevamos,
de las máscaras
que lapidan,
de los bufones
que hacen del Rey
un arlequín perdido.
¿Quién lo guarda,
quién lo protege
como si fuera
la mariposa angélica?
Pájaro muerto
entre el cielo y la tierra.

*Giovanni Quessep

NECROFORIA*

Cuando Fulgencio, aún joven, murió de asco, Tomasa –la viuda- y sus pocos amigos, tan pobres como él, lo vistieron con su único traje y afrontaron la situación con realismo.
Las posibilidades tradicionales parecían escasas; al grado de que bastó un rato de conversación, entrecortada por hondos suspiros, para persuadir a todos de que sólo había una: el endeudamiento casi de por vida. Aun aparte de eventuales problemas de cementerio, los simples gastos de ataúd y traslado de Fulgencio serían ruinosos. Entonces decidieron preparar un café y pensar más despacio.
El proyecto de llevar el cadáver por la calle tuvo que ser descartado. Habría que atravesar nueve ejes viales y el periférico. El único vehículo imaginable era la camioneta del vecino repartidor de piñatas, pero tendrían que esperar el domingo, y era martes.
Fue entonces cuando el primo Galo, recién llegado al velorio, sacó del bolsillo un papel arrugado con el plano de la red del metro, que le habían regalado en otro día, y propuso un plan que al principio fue recibido con escepticismo. A un par de calles de la vecindad donde se hallaban estaba la discreta estación de metro Aconcagua, y en el extremo de la línea la terminal Mictlan, reino azteca de los muertos. Después de una noche entera de razonamiento cartesiano, al amanecer hubieron de convenir en que no existía otro recurso y decidieron preparar el quinto café, ya casi agua caliente.
Eran las nueve de la mañana cuando, pasado el congestionamiento de público, ungrupo de personas llegó con decisión a la entrada de las estación Aconagua. Modestos, no iban apiñados; cinco o seis incluso hacían lo posible por parecer ajenos, mientras repartían ojeadas inquietas y hacían a los demás señas misteriosas.
En el centro iba Fulgencio, sostenido en vilo por dos amigos vigorosos. Para que pareciese que era ciego, le habían puesto unos lentes negros, trabajosamente conseguidos y llevaba un bastón bien sujeto a la mano, vendada. Aparte su inercia, tal vez excesiva, no tenía mal aspecto.
Esperaron un momento solitario e hicieron descender a Fulgencio resbalando sobre los talones, con notable soltura. Una vez abajo, lo apoyaron en la pared, para tomar un respiro, y se le cayó el sombrero. Tomasa lo recogió y se abanicó con él. Uno de los dolientes, fingiendo esperar a alguien, emprendió una lenta inspección circular por las estación. A la vuelta estaba el policía, solo, manifestando una indeferencia que casi se antojaba sospechosa.
Acababa de llegar un convoy y se acercaban algunas personas. El espía hizo una señal y varios rodearon a Fulgencio, sin ostentación, mientras pasaba la gente. Deliberaron en voz baja mientras tanto. Se decidió no buscarle plática al policía, cuyo aire era poco prometedor, sino recurrir directamente a los dos niños de la vecindad, que esperaban jugando impacientes a mitad de la escalera, debidamente aleccionados.
A un gesto, descendieron rápido. El mayor llevaba debajo del brazo una gallina inmovilizada dentro de una jaula estrecha de palos blancos. Era evidente que el policía no los dejaría pasar con ella, y sabían bien cómo complicar el problema para distraerlo. Sin embargo, llegaron al torno de entrada, se detuvieron, dejaron a la gallina en el suelo, simularon buscar y hallar sus boletos y no les quedó otro remedio que pasar al fin, sin que el policía hiciese caso de ellos. Ya del otro lado de la barrera, el menor tuvo una ocurrencia luminosa. Llamó al policía con un silbido y, señalando a su acompañante:

-¿Verdad que no puede pasar con el animal?

A pocos metros, el amigo vigilante de Fulgencio se acercó a un individuo vestido de negro que miraba con desaprobación al difunto.

-¿Lo conocía usted desde hace mucho?

El individuo fúnebre no se preocupó por entender.

-Ciego y además borracho –Dijo despacio-; es el colmo. Seguro que van a querer que pase, y luego ahí están los accidentes. No se puede tolerar.

El mayor de los niños hacía valer ante el policía el hecho de que había ya pasado el torno con la gallina sin que se le dijera nada. Como el argumento era bueno, ponía al policía de pésimo humor.
El grupo echó a andar con Fulgencio. El amigo vigilante notó con angustia que era demasiado visible que el cadáver de Fulgencio no movía las piernas y que el bastón se agitaba demasiado, por mano bienintecionada del amigo de la derecha. Otra vez se acercaba gente en sentido opuesto.

-Mira nada más, ¡ese hombre está inconsciente, lo van a matar!. –exclamó el tipo tétrico.

Al fiel espía sólo se le ocurrió señalar hacía un pasillo vacío, con mano temblorosa.

-Pues fíjese en lo que viene por allá.- balbuceó.

Cuando menos, la artimaña distrajo al criticón unos instantes, mientras Fulgencio pasaba el torno dando una extraordinaria vuelta sobre sí mismo. Cuando el policía giró, sorprendido por la inesperada fila de gente solemne y apresurada que entraba, vio a Tomasa atascada en el otro torno. Sin soltar al niño, que se debatía, le advirtió en voz alta:

-No funciona señorita, pase por donde los demás.

Los que llevaban al muerto oyeron algo a sus espaldas y aceleraron. Una señora que caminaba a su encuentro dio un ligero grito al ver a los tres precipitarse sobre ella y al de en medio volvía a caérsele el sombrero. De atrás llegó las voz indigna del individuo de negro.

-¡Policía! ¡llevan a un borracho, a un drogado, a un...!
El espía fiel, desesperado, se le colgaba del cuello, le hacía cosquillas, lo besaba. El policía, en su desconcierto, soltó al niño, que huyó con su compañero y la gallina; viraron hacia el andén. El policía dudó y echó a correr tras ellos, mientras el furioso, detenido por la barrera de entrada, seguía clamando.

-¡Pero mírenlo! ¡Lo van a matar!

El amigo fiel se esfumó. Los niños trotaron por el andén buscando un camino. Aterrados, los portadores de Fulgencio no tuvieron más remedio que bajar a toda prisa la escalera interior que llevaba al lado opuesto de la estación. El cortejo callaba. Tomasa los alcanzó, sin saber tampoco qué decir.

-¡Corran, corran!

Los talones de Fulgencio volvían a deslizarse por muchos peldaños. Nadie se detuvo ya; continuaron de frente, ahora en subida, arrastrándolo sin miramientos. Todos iban atemorizados. La poca gente que encontraban quedaba muda. El ascenso de la otra escalera fue terrible, pero lo lograron y por fin desembocaron, exhaustos, en el andén contrario. Fulgencio conservaba los lentes oscuros puestos. Por el andén de enfrente, el policía frenético perseguía a los niños y a la gallina, que asomaban y desaparecían por lugares inesperados. A Fulgencio no parecía importarle nada. Llegó el metro, casi vacío. Quienes llevaban al muerto se abalanzaron a la puerta más cercana, agotados. Los demás los imitaron, denotando intensa inquietud. Aquel tren iba en la dirección que no era.
En el asiento, Fulgencio se mantuvo erguido, con cierta rigidez digna y una pierna muy estirada. A su lado, un amigo del alma, jadeante, se le aferraba al brazo, sin mirarlo. En el vagón era fácil diferenciar a los dolientes, por sus de espanto, y a los pasajeros previos, por las expresiones intrigadas.
Tomasa, de pie, se acercó oscilando a su difunto compañero y, en un alarde de aplomo, le encasquetó el sombrero que traía en la mano por segunda vez. Se dio cuenta de que la observaban con curiosidad y redondeó su papel. Le dio unas cariñosas palmadas al cadáver en la mejilla, no sin melancolía.

-Ándale, ándale. Ya te vas a sentir mejor.

El tren se detuvo. Subieron dos. Uno se acomodó frente a Fulgencio y en seguida notó algo raro. El tren arrancó. Tomasa se sintió obligada a recalcar. Sacó el pañuelo y se lo pasó cuidadosamente a Fulgencio por la cara, inclinándose.
El tren aceleraba.

-¿Adónde vamos? –preguntó de pronto Fulgencio, con los ojos cerrados detrás de los lentes.

*Gerardo Deniz, Alebrijes.