Se ha dicho no sin candor que desde la publicación de Rayuela (1963) ya no se pueden escribir historias lineales. Este parecía un concepto muy arraigado entre la crítica del boom latinoamericano, que provocó el desprecio a novelas como Los relámpagos de agosto (1965), de Jorge Ibargüengoitia. El crítico colombiano Hernando Valencia Goelkel, en un artículo polémico que fue recopilado por César Fernández Moreno (América Latina en su literatura, Siglo XXI editores) y que se titulaba “La mayoría de edad”, afirmaba que Latinoamérica había alcanzado madurez en su literatura gracias a García Márquez, Onetti, Fuentes, Cortázar y Cabrera Infante; que la novela de Jorge Ibargüengoitia era una obra menor, no tanto por la ausencia de experimentación como por su sentido del humor; que si se quería hablar de una “nueva sensibilidad” de la literatura latinoamericana y por consiguiente de una mayoría de edad, debía apreciarse el afán de experimentación como una profunda vocación política. ¿Por qué el sentido del humor de la primera novela de Guillermo Cabrera Infante no disgustó al crítico colombiano y vio en ella una buena muestra de mayoría de edad de la literatura latinoamericana?
La publicación de Tres Tristes Tigres (TTT, como el propio Cabrera Infante acostumbraba abreviar), cuyo título original sería Vista del amanecer en el Trópico —y que sirvió para otro libro de 1974—, estuvo acompañada de varias reescrituras y periplos. Ganadora del Premio Biblioteca Breve en 1964, el manuscrito tal y como lo conocemos hoy, sin supresión alguna, fue publicado hasta 1989. En 1965 y en plena corrección de galeras, el manuscrito fue rechazado por la censura franquista. Carlos Barral aconsejó al autor lo siguiente: “Creo que debes aceptarlo. Es eso o mortis”, y luego, Cabrera Infante aclaró: “Por un tiempo pensé que quería decir in articulo mortis: la muerte de mi libro. Pero decía la Editorial Joaquín Mortiz de México, adonde iban a parar los cadáveres esquizoides de Seix Barral para ser enterrados al otro lado de la frontera: la muerte o la muerte.” Una vez rota toda filiación con el régimen de Fidel Castro e instalado en la madrileña calle de Batalla del Salado junto con su esposa Miriam Gómez y sus dos hijas, Cabrera Infante decidió reescribir completamente Tres tristes tigres. Lejos de obligarlo a explorar otros caminos, el rechazo de la publicación en España le aclaró algunas ideas y, sobre todo, asumió un compromiso más estético que ideológico. En su famosa “Cronología a la manera de Laurence Sterne... o no”, relata en tercera persona una verdad que a muchos críticos del boom les provocó comezón: “La procedencia de este rechazo no le impide ver que el libro es un fraude, que cuando lo compuso, su oportunismo político, una forma de ceguera picaresca, pudo más que su visión literaria —y se entrega al revisionismo antirrealista, rescatando los verdaderos héroes del lumpen de entre el maniqueísmo marxista: completa TTT, devolviendo al libro no sólo su título sino su intención original. Ahora está libre de todo compromiso que no sea estrictamente artístico. Entrega a su editor lo que parece un nuevo manuscrito ya entrado en 1966.”
Si la superstición política nunca lo abandonó, lo mejor de la obra de Cabrera Infante escapa a la tentación del realismo gracias a su imaginación lingüística. Acaso es el único autor latinoamericano cuyos malabares de palabras pueden resultar abrumadores pero nunca parecen envejecer. El humor y el amor de La Habana para un infante difunto (1979); la hibridez genérica y la prosa alucinante de Un oficio del siglo XX (críticas de cine que el autor publicó con el pseudónimo de G. Caín entre 1954 y 1960 y que refundió en un libro unitario de ficción en 1963) e incluso Puro humo, escrito originalmente en inglés, que es una historia del tabaco, una radiografía de usos y costumbres de fumadores que nace de una memoria cinematográfica, serán obras que nunca se olvidarán —además de TTT— merced a una condición paradójica que Cabrera Infante bordó en torno de una concepción propia de la novela. Esta palabra nunca apareció en ninguno de sus manuscritos ni en su correspondencia, pero crítica, academia y editoriales decidieron concebir a Tres tristes tigres y La Habana para un infante difunto como novelas. Se trata en realidad de un conjunto de viñetas, prosa narrativa y fragmentaria que va conformando poco a poco un enorme universo novelístico. Y ese hallazgo de Cabrera Infante lo conservará en el santuario de los grandes escritores cuya grandeza radica en la gran parodia genérica: “Me puse a escribir a partir de una apuesta resoluta por la parodia. Con el tiempo me doy cuenta que no he hecho otra cosa que parodiar: parodias de escritores cubanos, de escritores americanos […], de la vida, de mí mismo. He parodiado palabras, frases, libros enteros. ¿Se trata acaso de un sistema de composición? Realmente no lo sé. La parodia es, por definición, la escritura del juego, y en todo caso sí puedo afirmar que me gusta el juego. El sexo mismo, que predomina de tal manera en mis libros, es un juego húmedo [...] El juego es el jugo”.
Bustrófedon, al igual que Horacio Oliveira, Brausen o el yo ficcionalizador de Ibargüengoitia, es un personaje inmortal que se diferencia de sus hermanos por la hechura a base de puras palabras antes que de una psicología definida. Fresco de la vida nocturna y cotidiana en La Habana anterior a la revolución; una educación sentimental para jóvenes lectores que ansían convertirse en escritores; una lección de estilo olvidable pero, transcurrido un cierto tiempo, acaso una marca determinante: eso es Tres tristes tigres y buena parte de todo Cabrera Infante.
La publicación de Tres Tristes Tigres (TTT, como el propio Cabrera Infante acostumbraba abreviar), cuyo título original sería Vista del amanecer en el Trópico —y que sirvió para otro libro de 1974—, estuvo acompañada de varias reescrituras y periplos. Ganadora del Premio Biblioteca Breve en 1964, el manuscrito tal y como lo conocemos hoy, sin supresión alguna, fue publicado hasta 1989. En 1965 y en plena corrección de galeras, el manuscrito fue rechazado por la censura franquista. Carlos Barral aconsejó al autor lo siguiente: “Creo que debes aceptarlo. Es eso o mortis”, y luego, Cabrera Infante aclaró: “Por un tiempo pensé que quería decir in articulo mortis: la muerte de mi libro. Pero decía la Editorial Joaquín Mortiz de México, adonde iban a parar los cadáveres esquizoides de Seix Barral para ser enterrados al otro lado de la frontera: la muerte o la muerte.” Una vez rota toda filiación con el régimen de Fidel Castro e instalado en la madrileña calle de Batalla del Salado junto con su esposa Miriam Gómez y sus dos hijas, Cabrera Infante decidió reescribir completamente Tres tristes tigres. Lejos de obligarlo a explorar otros caminos, el rechazo de la publicación en España le aclaró algunas ideas y, sobre todo, asumió un compromiso más estético que ideológico. En su famosa “Cronología a la manera de Laurence Sterne... o no”, relata en tercera persona una verdad que a muchos críticos del boom les provocó comezón: “La procedencia de este rechazo no le impide ver que el libro es un fraude, que cuando lo compuso, su oportunismo político, una forma de ceguera picaresca, pudo más que su visión literaria —y se entrega al revisionismo antirrealista, rescatando los verdaderos héroes del lumpen de entre el maniqueísmo marxista: completa TTT, devolviendo al libro no sólo su título sino su intención original. Ahora está libre de todo compromiso que no sea estrictamente artístico. Entrega a su editor lo que parece un nuevo manuscrito ya entrado en 1966.”
Si la superstición política nunca lo abandonó, lo mejor de la obra de Cabrera Infante escapa a la tentación del realismo gracias a su imaginación lingüística. Acaso es el único autor latinoamericano cuyos malabares de palabras pueden resultar abrumadores pero nunca parecen envejecer. El humor y el amor de La Habana para un infante difunto (1979); la hibridez genérica y la prosa alucinante de Un oficio del siglo XX (críticas de cine que el autor publicó con el pseudónimo de G. Caín entre 1954 y 1960 y que refundió en un libro unitario de ficción en 1963) e incluso Puro humo, escrito originalmente en inglés, que es una historia del tabaco, una radiografía de usos y costumbres de fumadores que nace de una memoria cinematográfica, serán obras que nunca se olvidarán —además de TTT— merced a una condición paradójica que Cabrera Infante bordó en torno de una concepción propia de la novela. Esta palabra nunca apareció en ninguno de sus manuscritos ni en su correspondencia, pero crítica, academia y editoriales decidieron concebir a Tres tristes tigres y La Habana para un infante difunto como novelas. Se trata en realidad de un conjunto de viñetas, prosa narrativa y fragmentaria que va conformando poco a poco un enorme universo novelístico. Y ese hallazgo de Cabrera Infante lo conservará en el santuario de los grandes escritores cuya grandeza radica en la gran parodia genérica: “Me puse a escribir a partir de una apuesta resoluta por la parodia. Con el tiempo me doy cuenta que no he hecho otra cosa que parodiar: parodias de escritores cubanos, de escritores americanos […], de la vida, de mí mismo. He parodiado palabras, frases, libros enteros. ¿Se trata acaso de un sistema de composición? Realmente no lo sé. La parodia es, por definición, la escritura del juego, y en todo caso sí puedo afirmar que me gusta el juego. El sexo mismo, que predomina de tal manera en mis libros, es un juego húmedo [...] El juego es el jugo”.
Bustrófedon, al igual que Horacio Oliveira, Brausen o el yo ficcionalizador de Ibargüengoitia, es un personaje inmortal que se diferencia de sus hermanos por la hechura a base de puras palabras antes que de una psicología definida. Fresco de la vida nocturna y cotidiana en La Habana anterior a la revolución; una educación sentimental para jóvenes lectores que ansían convertirse en escritores; una lección de estilo olvidable pero, transcurrido un cierto tiempo, acaso una marca determinante: eso es Tres tristes tigres y buena parte de todo Cabrera Infante.
*Alberto Arriaga, crítico literario


