Si no hay respuesta porque el engaño es fácil,
y la pupila añora la tarde
en que un abanico desplegó su olor a sándalo,
el tintineo de los hielos irrumpiendo la duermevela
(cuando el país era una postal en el bolsillo
y a pesar de sus orillas desgastadas,
se mostraba como carta credencial).
Si quizá la costumbre de sentarse
en el sillón de alto respaldo
no permite asentar los pies en la tierra,
descubrir la ciudad bajo la alfombra.
El abismo es lo que resta: salta
*Enzia Verduchi, "El bosque de la hormiga"


